La Agresión Ritualizada (segunda parte)


por Patricia Cardona


Es usual que los coreógrafos se concentren en un sólo aspecto: encadenen movimientos empobreciendo la posibi­lidad de otras lecturas, limitando el in­terés del espectador. Puede darse el caso de presentar escénicamente una organización de energías corporales sin referencias emocionales o temáticas. Hay si otro extremo; exhibir una agita­ción emocional desordenada sin el aco­modo necesario que la haga asimilable a los ojos del espectador. Existe el de­seo, por otra parte, de una organización perfecta, intelectual, de significados y materiales constructores pero sin los elementos emocionales que pasen por el cuerpo para estimular vitalmente la percepción.

Lo anterior se traduce en el persistente agotamiento de la atención del es­pectador que va reduciendo al mínimo su interés. Es decir, al primer intento de lectura, se agotan los contenidos. No hay más que descubrir. Se aburre.

En cambio aquellas obras constituidas con suficientes recursos; detalles, significados y elementos corporales, al permitir lecturas continuas y/o simultáneas, interesantes , tanto del cuerpo como de la mente del bailarín/actor, difícilmente agotarán la atención del espectador. Por lo tanto despertarán su fascinación y esto se convertirá de inmediato en el cómplice que la danza y el teatro necesitan para sobrevivencia en la historia de la cultura.

Para concluir, el estudio del com­portamiento animal me ha permitido encontrar un lenguaje directo, científi­co y objetivo para trasladar conceptos operativos sobre el arte escénico al cuer­po del bailarín actor. Esta terminología no solo reduce el número de confusio­nes en la transmisión de la enseñanza sino que acelera e! proceso de aprendizaje. Impide, además la especulación gratuita y la retórica impenetrable de muchos investigadores de las artes es­cénicas. Pretendo, por unto, llamar a las cosas por su propio nombre para acercar el pensamiento a la acción, para materializar la idea sin riesgo de perder­nos en el ingenio a lado del vocablo aca­démico, tan alejado del proceso vital y orgánico del bailarín/actor.

Como periodista he aprendido que uno de los instrumentos más imprecisos de expresión es la palabra hablada y escrita. Como investigadora he llega­do a la conclusión de que la maestría en el manejo de la precisión por lo tanto de la comunicación está en el comportamiento animal.

Esta maestría es la que los especta­dores le pedimos al bailarín/actor para expresar los más altos valores del pensamiento y del espíritu. Sin embargo, antes habría que pedírsela a los maestros. En este camino andamos y es por ellos indispensable que la terminología de la etología (ciencia que estudia el comportamiento animal) sea incorporada a la enseñanza de las verdades básicas de la naturaleza, y por lo tanto, a la formación del artista escénico.

El lector reconocerá esta nueva terminología a lo largo de todo el libro. Su eficacia ha sido comprobada en los seminarios de La percepción del espectador .