Por Laura Gutman
Para toda la tradición griega clásica el peplos, pieza de
tela, velo o vestido, es la vestimenta de las mujeres, o en ocasiones de los
bárbaros, mientras el khitón es la túnica característica de los hombres. Ambas
prendas se construyen sobre la misma idea del drapeado sujetado por broches y
la sucesiva relación de pliegues y aberturas.
Según Nicole Loreaux en los mitos griegos los términos
khitón y peplos parecen tener un uso flotante en relación con la necesidad de
relatar sobre la experiencia de lo femenino vivido por el hombre o la
sospechosa conquista de lo masculino por la mujer. Así, por ejemplo, en la
figura de Heracles el peplos entra en competencia varias veces con la piel de
león que es su vestimenta oficial.
Por otra parte, en la Ilíada, Palas Atenea se quita el
peplos y se pone el khitón de su padre Zeus para ir al campo de batalla.
Eurípides en Bacantes, señala todo lo que hace del peplos un
traje femenino. El recurso del uso del traje le permite al autor trastocar
todos los estamentos sociales; la juventud
y la vejez, lo femenino y lo masculino, la locura y la
cordura, lo referente a la polis y lo extranjero. En la escena donde los
viejos, Tiresias y Cadmo, se visten de bacantes para ir a la montaña, el efecto
resulta cómico. Pero en la escena del travestimento ya se anuncia el plan trazado
por Dioniso, que a su vez cobra la apariencia del extranjero, y el trágico
desenlace de Penteo:
Dioniso.- Entraré al palacio y te vestiré.
Penteo.- ¿Con qué ropa? ¿De mujer? Pero me da vergüenza…
Dioniso.- ¿Ya no estás deseoso de contemplar el espectáculo
que ofrecen las
bacantes?
Penteo.- Pero ¿qué vestido dices que me pondrás?
Dioniso.- Pondré en tu cabeza una peluca de larga cabellera.
Penteo.- ¿Con qué más me arreglarás?
Dioniso.- Un peplo hasta los pies. En la cabeza llevarás una
mitra.
Penteo.- A más de esto ¿me añadirás alguna otra cosa?
Dioniso.- Un tirso en la mano y una piel moteada de corzo.
Penteo.- No podría vestirme de mujer…
Dioniso.- ¿Pero vas a derramar sangre trabando combate con
las bacantes?
Penteo.- Tienes razón. Primero hay que ir a observar.
Dioniso.- Es más sensato que aniquilar un mal con males.
Penteo.- ¿Y cómo atravesaré la ciudad con los cadmeos
pasando inadvertido?
Dioniso.- Iremos por calles desiertas; yo te conduciré.
Penteo.- Cualquier cosa es preferible a que las bacantes se
rían de mí.
Dioniso.- Es posible. Por mi parte todo está listo.
Penteo.- Voy a irme. Saldré armado o seguiré tus consejos.
Dioniso.- Mujeres, el hombre cayó en la red. Llegará junto a
las bacantes, y, muriendo, será castigado.
Ahora, Dioniso, manos a la obra. Porque no estás lejos.
Hagámosle pagar. Primero enloquécelo infundiéndole una ligera locura porque,
estando en sus cabales, de ningún modo querrá ponerse ropa femenina pero, si
enloquece se la pondrá. Deseo por sus anteriores amenazas que lo hacían
temible, exponerlo a la risa de los tebanos mientras lo llevo por la ciudad con
aspecto de mujer.
Voy a engalanar a Penteo con los adornos con los que se irá
al hades degollado por su madre. Conocerá al hijo de Zeus, Dioniso, dios con
plenos poderes, el más terrible pero también el más benévolo con los hombres
(Eurípides, 2003, pp. 55-56).
La apariencia de Dioniso, disfrazado de extranjero sirve
para desenmascarar la xenofobia de Penteo, como también lo hace por otra parte
el atuendo característico de las mujeres bárbaras que usan las bacantes.
El machismo de Penteo queda ridiculizado en la escena en la
que al vestirse de mujer, repentinamente muestra gestos de coquetería. Un
elemento de degradación que le otorga extremo patetismo a la escena final, en que
es descubierto por las mujeres y confundido con un cachorro de león por su
propia madre provocando una de las escenas más crudas de la tragedia. El cuerpo
despojado de toda envoltura o recubrimiento pasa a transformarse en un pedazo
de carne. En la escena teatral mediante el recurso de la metáfora la imagen del
cuerpo recupera así su dimensión simbólica.
Apariencia
y verdad
Todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra
más campo como es natural, es en la música, la danza y en la poesía hablada, ya
que estas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen
y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto (AA.
VV., Figuraciones/3 2005, p. 62).
En este texto de García Lorca se introduce la idea del
cuerpo expresivo y los límites de la interpretación como un fenómeno
instantáneo, intrínseco y subjetivo.
En la escena II del segundo acto de Hamlet es bien conocida
la descripción que ofrece Ofelia del príncipe de Dinamarca. En el plano
literario la descripción de Ofelia nos ofrece una cantidad de elementos de
lectura de la imagen a través de su propia mirada, que es también la mirada del
dramaturgo.
Esta descripción es más que su apariencia, es un indicador
del humor del personaje, su figura melancólica. Cabe destacar que es alrededor
del siglo XVI en que los sentidos de la palabra humor, tanto el referido al
genio como a los humores en el nivel fisiológico de los flujos en el interior
del cuerpo, se encuentran más indiferenciados.
Todo lo que es apariencia, todo lo que aparece, todo lo que
se presenta, está cargado de múltiples significados. Desde la figura del
fantasma o la sombra que tiene la apariencia del padre muerto hasta la
construcción ficticia del teatro dentro del teatro, todo es una construcción compleja,
subjetiva y ficcional. Una magnífica construcción simbólicamente habitable. La
figura de Hamlet es en sí misma una pregunta sobre el personaje, el actor y el
dramaturgo.
Ofelia.- Mi señor, mientras estaba cosiendo en mi
cuarto, El príncipe Hamlet, con el jubón desceñido, Sin sombrero, sin ligas,
las medias sucias Y caídas hasta los tobillos; Pálido como su camisa, con las
rodillas temblando Y tan triste expresión en la mirada
Como si lo hubieran
soltado del infierno Para que describiera sus horrores, se apareció ante mí (Shakespeare,
2004, p. 42).
¿Qué se nos revela en la apariencia de Hamlet?, ¿y que otro
tanto de la mirada de Ofelia?
Por otro lado, ¿donde se ubica el ojo-oído del espectador,
mirando-escuchando a través de la mirada de Ofelia?, ¿no es acaso siempre el
mismo juego, el del tercero excluido, en Hamlet, el que opera como sistema de
la obra?
Lo que se sabe y lo que se revela es el sentido del juego de
las apariencias.
En el acto anterior, Polonio le dice a Laertes:
… - Que tu atavío sea tan costoso como lo permita tu bolsa
Pero no excéntrico; opulento, pero no chillón,
Pues el traje proclama al hombre,
Y en Francia los de mayor rango y posición
En este punto se encuentran pródigos y selectos…
(Shakespeare, 2004, p. 23).
Los elementos principales de la indumentaria en Inglaterra
en el siglo XVI eran básicamente los mismos para todos los rangos sociales; las
diferencias las marcaban la calidad y el color de la tela, la cantidad de
adornos y el grado de influencia de las modas de otras cortes europeas. Las clases
bajas y el campesinado usaban el lino y la lana, en colores marrones y grises
principalmente.
Las clases altas usaban seda, raso y terciopelo en colores
como el rojo, el azul turquesa
y el negro.
Las prendas de los campesinos eran, lógicamente, mucho más
sencillas que las modas de la corte.
Los trajes de colores vivos hacían estragos en los gustos de
las clases altas, y las clases medias imitaron esta costumbre, a pesar de
tenerlo prohibido.
En Inglaterra se aprobaron en 1597 unas Laws of Apparel ó
Sumptuary Laws (“Leyes de Vestimenta”) que prohibían a la burguesía el uso de
algunas telas consideradas exclusivamente para la aristocracia: terciopelo,
bordados de oro o plata y armiño.
En el vestuario teatral los lujos estaban reservados para
las tragedias, y en Francia el vestuario corría por cuenta del propio actor.
El indicador social del vestir es un rasgo distintivo
característico de todo el teatro del XVI y XVII. No es casual por lo tanto que
en las adaptaciones teatrales de los clásicos este sea un rasgo que se suele
tomar en cuenta, pero puede llegar a quedar disociado o insustancial si se lo
toma sólo como un indicador, dejando por fuera su sentido en la construcción
ficcional y simbólica de la imagen del cuerpo en la trama.
“Cuando la imagen o la palabra aluden, y con esa alusión
impulsan al espectador a construir algo en su cabeza, es cuando se vuelven
irremplazables”(Kartum, 2001, p. 98).
El traje habitado se nos ofrece entonces como una imagen
poética dándole cuerpo al texto de la interpretación dramática. Los bordes de
una forma que se encuentra entrelazada en el cuerpo con el gesto y la voz.
‘Vecchia zimarra, senti’
La revelación de la voz condensa la presencia. La voz va
escribiendo el cuerpo desde su envoltura sonora, construyendo la caja de
resonancia para el alarido y el llanto, uniendo el gesto a la palabra,
devolviéndole al silencio su morada.
Desde la intimidad del arrullo de una canción de cuna hasta
las acrobacias vocales del género operístico, la voz recorre todo un espectro
de armónicos que tiene implicancias personales únicas e irrepetibles.
La posibilidad de dar vida a un personaje de ópera supone la
comprensión de la relación entre el texto dramático y el texto musical, la
partitura.
El cantante por medio de la expresión se hace eco de esa
comprensión. Esto le permite una interpretación integrada, que le permitirá
articular sus atributos vocales a su disponibilidad para la interpretación.
