La Sombría luz que se apaga...


La sombría luz que se apaga para seguir encendida donde no está



por Jorge Angeles



¿Qué hay de Artaud? Entender la Peste de Artaud, es entender que algo más allá de la crueldad se agita en nuestro teatro. Esa crueldad que empata lo crudo, lo realmente sangrante de nuestra realidad, con el acto de la ficción escénica. Entender por ficción, como lo escribí anteriormente en “Cicatrices de la caricia”, es la realidad del espíritu.

Para Artaud la fuerza que impulsaba el acto escénico estaba escondida en el valor de lo ritual. Una energía que proviene de la fuerza social del rito, de su función vinculante con lo sagrado y los social, para internarse en lo individual. Por eso la Antropología teatral apunta al encuentro de los principios culturales presentes en el acto representacional de hombres y mujeres que fungen como portadores de la tradición ritual, ahora llamada teatro.

Los actores debemos invocar a esa fuerza a través de la técnica. Una tradición transmitida, pero sobre todo aprehendida por un deseo irrefutable e irrenunciable. ¿Por qué deseamos con tanta vehemencia eso? No lo sé a ciencia cierta para los demás. En mi caso, porque me convierte en un testigo de la energía creadora, creadora y creativa del Universo ¿Exagerado? ¿Pretencioso? ¿Pero qué acaso el teatro en sí no es ya una exaltación de la vida misma?

Venimos a conocernos, a juntos hacer cosas que embellezcan la vida. Nuestra vida para empezar y la vida de nuestros espectadores y colaboradores. Tenemos por eso una responsabilidad gigante y delicada. Somos la reminiscencia de la madre o el padre que narra un cuento a sus hijos, la fábula o la leyenda que ilustra un pasaje oscuro en el colectivo de un pequeño pueblo. Somos lo que se recuerda de un un sueño que lucha por hacerse interpretar. Es decir, somos todo eso importante que no es tangible y que puede ser a toda costa prescindible. Eso que por ser innecesario  no deja de ser importante. Ahí estamos, asentados y danzando en medio de esta paradoja a la que nadie voltea a ver por su condición excepto nosotros.

En ese espacio de la vacuidad, donde nos damos la tarea de convocar a un puñado de espectadores para coincidir en el deseo de pensar algo, lo mínimo, de forma diferente, de la forma en la que solo el teatro puede hacer aparecer la evidencia de que la realidad sigue siendo tan solo una ilusión.




Nos abrimos paso acercándonos unos a otros con la cruda utopía. Intentamos de forma permanente alusiones al cambio de nuestros cuerpos para sencillamente habitar de otra forma nuestra circunstancia vital. Esa es la primera tarea, arrancarle a la vida todo hálito de belleza, apropiarnos de ella y compartirla de la manera más cruda posible; es decir sin la cocción del entendimiento. Actos lejos de la guerra, no para negarla, no para evadirla, sino para encararla con la furia de la belleza, desde nuestra trinchera de la cultura (Antítesis de la barbarie u otra barbarie de la antítesis). Así nos batimos en las avenidas y las calles que rodean nuestro teatro. Para introducirnos en él para sentir la posibilidad de la otroriedad.